sábado, 26 de mayo de 2012

Littell by Littell

...así es como hay que leerse, queridos amigos, poquito a poco, el libro que acabo de terminar esta mañana. Mil páginas que, igual que un elefante, hay que comerse a bocaditos para que sepan bien, pero que una vez terminadas, dejan una sensación de estar saciado, en el buen sentido de la palabra, que hacía tiempo que no tenía al leer.

  
 
Recuerdo otro libro que está en casa de mis padres, que se llama Holocausto. Un libro de fotografías, que mi padre tenía en alto en una estantería y que desde que tuve uso de razón recuerdo por su lomo negro y las letras severas, grandes y en mayúsculas, escritas en rojo. Mi padre esperó a que cumpliera los diez o doce años, no recuerdo exactamente, para llamarme un día con la intención de enseñarme el libro.

Sí me acuerdo de las fotos, en blanco y negro. De gente demacrada, delgada hasta el extremo, que miraba hacia la cámara, de postes de hormigón con alambres de espino, de cuerpos alargados amontonados en fosas como si fueran astillas de madera. Mi padre me contó qué era todo eso, y he de reconocerle que me marcó. Desde entonces se lo agradezco.

Igualmente me ha impresionado leer Las Benévolas, el libro de Jonathan Littell que os comento. La historia del genocidio contada desde dentro, en boca de un personaje, Max Aue, ante el cual no se sabe si sentir repulsión, empatía, desesperación o ira. Un libro al que si algo hay que achacarle, son las ganas de rizar el rizo que le pierden (nada grave) en una ocasión, que prefiero no desvelar, pero al que hay que agradecerle la velocidad, el rigor, la crudeza y la dosis de perversión. Realmente creo que entiendo algo mejor muchas cosas, apreciando detalles y matices que nunca me había mostrado la visión única y unívoca que ha dado tradicionalmente el cine americano sobre esta cuestión.

Gracias por todo esto, amigo Littell. A partir de ahora no me cansaré de recomendarte. Aunque sólo sea por llegar a las diez últimas páginas. Sólo un fenómeno como tú eres capaz de pasar, al final de un libro, de la tragedia al descojone (literal) con un golpe (mejor decir bocado) de efecto y acto seguido, volver a sumergirnos, por siempre y antes de despedirte, en las inmundicias de la guerra.

Hablando del Holocausto, Hannah Arendt ya nos advirtió de los peligros de la inocencia. Ojalá nuestras benévolas particulares, gente como mi padre y Littell, nos lo sigan recordando.

Abrazos

2 comentarios:

  1. Desde luego, dan ganas de empeZar a leerlo esta misma noche

    ResponderEliminar
  2. Te recomiendo, querido Plax, "Si esto es un hombre", de Primo Levi. Igual ya te lo has leído, pero bueno.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar